Martes Rojo (Fragmento)
(fragmento de la nueva novela)
Un sonido lo despertó. Moscos. Se cubrió con las cobijas hasta la cabeza, pero el calor y el interminable zumbido, le hizo levantarse de un salto y temblando entre dormido y despierto, prendió la luz. Un estremecimiento le recorrió desde los pies cuando vio el foco: decenas de insectos volando alrededor, moscos, mariposas negras y palomillas, todas en un ansioso batir de alas, estrellándose en la pared, contra la pijama de Eduardo, escondiéndose entre sus libros viejos, debajo de la cama, precipitándose hacia la ventana cerrada. Con una ansiedad que no había conocido antes, se cubrió el rostro, abrió la ventana y comenzó a matar insectos con un zapato. Uno tras otro caían, se embarraron en el techo, en las sábanas, se derrumbaron sobre la cara de Eduardo. Al final, toda su habitación quedó tapizada. Todavía con la mano temblando, se colocó la misma ropa que había usado en el día y salió retrocediendo. Cuando respiró el aire fresco, comenzó a temblar de nuevo. Hubiera bajado mis cigarros. Maldito frío.
Eduardo sube a su auto, arranca y toma el periférico que a esta hora, está despejado. Maneja y maneja sin saber cuánto tiempo, sólo dejándose seducir por el camino, llega a la carretera. Erick lo turba. Él no vio el cadáver, pero imaginar sin vida a un ser tan lleno de ella, le molesta. Lo distrae un sonido ¿se habrá ponchado una llanta? Mira por el espejo retrovisor, no vienen automóviles atrás. Trata de orillarse hacia la derecha, vuelve a mirar. Casi se estrella contra la barra de contención cuando ve sentada a Frida en el asiento trasero. Ella, con una mirada vacía, ojos enteramente blancos mientras lo ve...:
Eduardo escucha un claxon, da un volantazo y cuando vuelve a mirar de nuevo, Frida desapareció.
Al llegar a su departamento, abre aún con las manos temblando, se le caen las llaves, azota la puerta. Detrás de ella, se sienta y como niño comienza a llorar.
─Me siento solo. –Habla en voz alta.
Se le antoja un cigarro. Qué odiosa forma de pensar que los problemas se van con el humo. Estás solo. Saca de su cajón prohibido un cigarro casi rancio que huele diferente, sabe diferente y lo hace sentir mejor. Como un ritual, se sienta como escondido, detrás del sillón de la sala, mira la escuálida ventana. Nunca le había dado más de dos fumadas sin sentirse culpablemente intoxicado. Hoy se acaba la ración que le quedaba, hasta que sus angustias escapan con la verde respiración.
Los días del fin de semana suceden uno tras otro con flojera. Las horas son largas, como si el reloj quisiera retroceder en vez de avanzar. Eduardo no sale estos días, sólo encarga comida en su departamento y mira sin ver películas. A veces hojea con cuidado el libro de las cartas. Le la miedo llegar a la cuarta. Las otras tres ya las sabe de memoria. Imagina al hombre torturado lejos de su amada, se imagina a si mismo con tanta fuerza en la corte, que sueña con ello.
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